jueves, 3 de marzo de 2011

30 de junio de 1994

Ese día nos conocimos.
Tu voz fue de las últimas que, en el contestador, había respondido a mi llamada con una descripción muy somera que se refería solo a tu edad, 27 años, tu estado civil, separada, y tu situación familiar, dos niñas.
No recuerdo por qué circunstancias la cita se retrasó hasta ese día. Fue en la cafetería Alameda, en el paseo de Recoletos, a mediodía. Entré, y pasé una mirada rápida entre la cantidad de gente que llenaba el local a esa hora, buscándote. Te vi y no reconocí en ti tu descripción física que me habías hecho por teléfono y te seguí buscando.
Apareciste de pronto detrás de mí, sonriendo y saludándome, pues tú si estabas segura de que era yo con quien te habías citado para conocernos personalmente. Vestías una blusa oscura sin mangas, falda larga hasta los tobillos y zapatos sin tacón. Eras muy alta, sorprendentemente alta.
A partir de ahí comenzamos a salir juntos, bien solos o bien con las niñas. Recuerdo una noche que en un parque me dijiste que era raro; sí, lo era y lo sigo siendo. También recuerdo como si fuera hoy aquella tarde del mes de julio, en tu casa, con un calor casi insoportable, en que fui a colocar un bombilla en el pasillo y alguna otra cosa más. Recuerdo cómo vestías y que comentaste lo necesario que era tener un hombre en casa para esos menesteres.
Pero sobre todo recuerdo nuestro primer beso al despedirnos una noche, antes de salir de tu coche. La cálida humedad y el sabor de tu boca, la forma en que tus labios envolvieron los míos, y cómo se rozaron nuestras lenguas. Mi sexo respondió con un latigazo, lo que provocó que saliera del coche con una postura extraña para que tú no lo advirtieras.
Recuerdo esas tardes de sábado que vinieron después, sin niñas. Plenas de sexo y de ternura, de sopor y de sueño. Tardes en que no necesitábamos nada de lo que estuviera fuera de ese mundo, tuyo y mío exclusivamente, que nos fabricábamos en la cama. Y después de más sexo, llegaba la noche y nos dormíamos y dejábamos que amaneciera plácidamente el domingo.
Ahí, a partir de ahí, me enseñaste a amarte. Y el amor penetró en mí, si no en mi alma, que no tengo noción de poseer, sí en mi cuerpo. ¿Por dónde entró? ¿Tal vez por mis ojos al mirar los tuyos ligeramente almendrados?¿Por la nariz al respirar el olor de tu cuello?¿Por la boca al besar la tuya? No lo sé. Pero sí sé que se introdujo y, despacio, inundó mis venas y mis nervios y llegó hasta el último rincón más escondido.
Y ahí sigue, viviendo en mí. Él me da fuerzas todas las mañanas. Da las órdenes necesarias para que mi corazón lata, para que mi pecho se hinche de aire y respire, para que mis músculos se contraigan y distiendan y, simplemente, me mueva. Él es quien me gobierna.

miércoles, 2 de marzo de 2011

La muerte

Estos últimos días, incluso hoy mismo aparecen noticias en los periódicos de las muertes de personas conocidas, relativamente jóvenes, al menos no ancianas.
La primera, de hace dos días, daba cuenta de la muerte de Aparo Muñoz, de 56 años, víctima, según la familia, de una larga enfermedad. La recuerdo en el año 1974 cuando me encontraba de vacaciones en la casa de mi hermana en los EE.UU y retransmitieron por televisión el concurso de miss mundo desde Manila donde ella ganó, fue como sentir, mi hermana y yo, el orgullo patrio recompensado en aquellos años en que España estaba muy desprestigiada en el exterior.
Hoy aparecen dos noticias luctuosas en los papeles, la primera habla de José Conde, también de 56 años, actor secundario en series de televisión y películas de cine. Desapareció hace un mes y lo encontraron muerto en un edificio abandonado unos chavales que hacían botellón. Al parecer sufría algún tipo de enfermedad mental. Apenas lo conocía.
La segunda cuenta que hoy ha muerto Enrique Curiel, de 63 años. Yo le recuerdo como un político del que me llamaba la atención, sobre todo, que era muy atractivo, yo diría que era muy guapo. Parecía un hombre inteligente y cada vez que aparecía en televisión se me pasaba por la cabeza el éxito que debería tener con las mujeres.
Estas noticias han impactado fuertemente en mi ánimo. ¿Por qué? No sé exactamente  o bueno sí, por sus edades. Tengo 55 y estoy en esa franja de edad en que uno ya no es lo mismo que hace diez años ni siquiera hace cinco. Pero me consuelo pensando en que los genes que mis padres me han transmitido, y que a su vez les transmitieron los suyos, son fuertes. Ellos son octogenarios y mis abuelos también lo fueron. Mi abuela paterna vivió hasta los 103.
Lo que no tuvieron, es la vida de vicio que yo he tenido y que tengo todavía. Bueno, eso creo …

domingo, 28 de noviembre de 2010

El barrio chino.

Creo que ya he dado bastantes muestras en post anteriores de que me gustan los ambientes sórdidos. He frecuentado los que he podido y aún hoy frecuento alguno, y en casi todos ellos me siento cómodo.

Esta mañana dejando atrás un paseo por el rastro madrileño, vi un cartel en el teatro La Latina que anunciaba la obra “la vida por delante”, interpretada por Concha Velasco. En él aparecía una enorme figura de la actriz, sentada, y ya mayor, sesentona, extremadamente maquillada, vestida con una combinación de escote generoso que dejaba ver el arranque de los pechos, el brazo izquierdo cruzado sobre su vientre , la mano apoyada en el otro brazo y la derecha tocando la pierna del mismo lado.

Me hizo recordar cuando , con 22 años, después de aprobar la oposición y los cuatro meses de prácticas, fui destinado  a Valencia, en donde viví un año antes de lograr volver a mi querido Madrid, me hice visitante asiduo, siempre que tenía la menor oportunidad, del barrio chino.

Éste lo formaban unas pocas calles del centro histórico de la ciudad. En ellas se mezclaban putas que se ofrecían públicamente a las puertas de las "mancebías", con amas de casa del barrio que iban o venían de sus quehaceres diarios, niños que iban al colegio y  hombres que paseábamos por sus calles escrutando la mercancía carnal que se ofrecía a la vista.

El sexo seguro de  hoy en día, en el año 1978 sonaba a chino y más en ese barrio. Las empresas fabricantes de condones todavía no habían dado el gran pelotazo con la llegada del sida. A pesar de eso recuerdo una tiendita, dentro del barrio, que se dedicaba a vender gomas profilácticas, nunca vi una igual en Madrid y me sorprendió tanto que no pude resistir el entrar y dar un vistazo dentro y comprar una cajita con no más de 4 condones, la primera vez que la descubrí.

Recuerdo que durante un tiempo me hice cliente asiduo de una puta de la que no recuerdo el nombre pero sí que tenía una cicatriz que le llegaba desde abajo del ombligo hasta poco antes del nacimiento del vello púbico, fruto de una cesárea. Me gustaba follar con ella. Curiosamente un día me la crucé una calle más debajo de donde vivía yo. Nos reconocimos, cruzamos solamente nuestras miradas, y no nos dijimos ni media palabra. La siguiente vez que contraté sus servicios me dijo que vivía en mi mismo barrio y me pedía por favor que fuera muy discreto con ella cuando nos viéramos por allí. Se lo prometí y cumplí tan bien con ella que me limité a solo a decirle hola cuando coincidímos alguna vez por nuestras calles. Me gustaba posar la punta de la lengua en su ombligo y deslizarla cicatriz abajo alcanzando su fin y prolongar el rastro de saliva hasta lograr abrir los labios de su coño.

En el barrio chino había zonas diferenciadas con distintas clases de putas. Las más atractivas y jóvenes en la zona central y las más viejas en una calle periférica. Alguna vez me interné por ella y vi algunas que ya habían alcanzado bien los sesenta años. Tenían el mismo aspecto de la Concha Velasco que ví esta mañana en el cartel del teatro. Un par de veces me fui con alguna de ellas, y disfruté acariciando pieles ya nada turgentes en un cuartucho  inmundo donde un gran trozó de aislante de corcho blanco, haciendo las veces de puerta, lo separaba de la sala en que la dueña de la casa cobraba el alquiler de la habitación y hacía punto viendo la televisión mientras la meretriz se ocupaba con el cliente de turno.., mismamente yo.

lunes, 25 de octubre de 2010

Plácido domingo

Ayer domingo tocó día de excursión con mi hijo para explorar un sitio desconocido para los dos, pero recomendado por uno de sus profesores con el fin de estudiar la variedad de flora de los alrededores, el pantano o embalse de Pálmaces en Guadalajara.
No madrugamos demasiado, nos pusimos de camino a eso de las 9,30, me confundí de salida en la M30 y hubo que dar un poco más de vuelta. “No te preocupes, papá, tenemos todo el día” me dijo mi hijo, y llevaba razón
Dos horas después aparcamos el coche y salimos con nuestras mochilas al hombro y nuestros bastones en las manos, dispuestos a explorar el territorio desconocido. Un paisano, muy amable él, nos preguntó que si íbamos de paseo. A mi respuesta afirmativa le añadí la pregunta de si el pantano era muy grande pues queríamos llegar hasta la orilla opuesta donde se apreciaba mucha más vegetación. Se ofreció a enseñarnos un camino por donde nos acercaríamos mucho más a la cola del pantano y seguimos su coche. En el punto en donde nos indicó por donde continuar, no pudo resistir el preguntarnos si buscábamos ágatas. Debió de quedárseme una cara de lelo ante su pregunta, que trató de buscar otro ejemplo para que le entendiera: “sí, ópalos”; se refiere a piedras preciosas, dijo mi hijo, a lo que respondí que no, que solo queríamos ver los árboles que crecían por allí. No sé si estaba bromeando con la pregunta o es que es cierto que se encuentran  estas piedras por la zona.
Y el resto del día transcurrió con mi hijo subiendo por las laderas, escudriñando la vegetación, recogiendo con mucho mimo plantones pequeños de romero, envolviéndolos en plástico para que no perdieran demasiada humedad, caminando por zonas embarradas, cruzando un arroyo por encima de unas piedras estratégicamente colocadas. Recoger trozos de troncos resecos por el sol, trabajados por el sol. Ver viejas colmenas abandonadas, caminar entre los pinos, resbalar en alguna ocasión y tratar de no perder el equilibrio por las laderas. Comer unos bocadillos, escuchar el inmenso silencio, en definitiva gozar de un plácido domingo junto a mi hijo. Aunque cansado, feliz de estar junto a él y verle disfrutar con aquello que le gusta tanto: las plantas.

jueves, 21 de octubre de 2010

Ibertex

¿Alguien se acuerda de lo que era el ibertex? Algunos seguro que sí.
En la wikipedia dice: “El  videotex se define como una aplicación interactiva que permite difundir, a través de una red de telecomunicación, información de forma paginada suministrada por un sistema informático y visualizada sobre un terminal y una línea telefónica. En España, el servicio telemático videotex, prestado por Telefónica, recibe el nombre comercial de Ibertex, al que se puede acceder a través de una línea telefónica mediante un terminal específico o un ordenador personal con el modem adecuado.”
Digamos que era el precursor de internet. A principios de los 90 lo descubrí por casualidad, en el trabajo. Nos suministraron unos ordenadores que tenían  un módem que en principio no sabíamos para qué eran. Indagando, indagando me enteré de cómo funcionaba, conectabas el modem a una línea telefónica, marcabas 031 et voilá te conectaba a un sistema que descargaba páginas de video, algo muy moderno en el año 1991.
Seguí explorando y descubrí “Hot Dog” que era como un centro de servicios de Ibertex por el que te conectabas a un chat (o lo que hoy conocemos por un chat); el tema principal sobre el que se chateaba era el sexo, curioso  ¿no?, lo mismo que hoy día.
Y me aficioné a conectarme a Hot Dog en cuanto podía,  te dabas de alta con un nick y charlabas. Hubo, con el tiempo, una forma de cargar una foto de los usuarios, se tenía que enviar por correo a los administradores del centro,  y,  después de una semana por lo menos, te aparecía un símbolo al lado del nick que, al pulsarlo, cargaba otra pantalla donde se visualizaba la foto.
Es curioso pero ya entonces había tíos camuflados en nicks de tías. Pero se les descubrían enseguida, te seguían una conversación cargada de sexo de lo más explicito como si nada, cosa que no ocurría con las tías reales con las que había que ser más comedidos.
Recuerdo a Rosi. Era una mujer casada que  había descubierto el chat por medio de su marido. Lo que Rosi buscaba era sexo telefónico. Contactaba primero por el chat de Hot Dog con alguien dispuesto y, si así se acordaba, ella hacia una llamada de teléfono, y,  lo típico, calentarse el uno al otro con las palabras y masturbarse cada uno con sus manos.
Al cabo de unas cuantas conversaciones, después de persuadirla para que me llamara cuando no estuviera su marido, convencí a Rosi para que nos viéramos en persona. Tomamos café y hablamos de lo mismo que hacíamos por teléfono, de sexo. Poco a poco nos fuimos implicando más, nos veíamos más a menudo, buscábamos sitios más íntimos para besarnos y acariciarnos, un cine, un probador del El Corte inglés, un paseo por el Retiro… Una vez la acompañé a una cita médica, y cuando entramos a la sala de espera, totalmente vacía, se puso encima de mí y nos besamos como locos, a pesar, o quizá por eso, del riesgo que había de que la enfermera abriera la puerta en cualquier momento. No llegamos nunca a la penetración aunque estuvimos muy cerca una vez pero, torpe de mí, no llevaba en ese momento un condón en el bolsillo.
Pero ella sentía cada día más y más remordimientos hacia su marido y un día terminó contándoselo. Nos vimos los tres y hablamos todo lo civilizadamente que la situación permitía. Ellos estuvieron a punto de romper el matrimonio. Aquello acabó, aunque me costó algún tiempo olvidar a Rosi.

miércoles, 20 de octubre de 2010

El cerro de la Plata

Así se llamaba a un cerro artificial hecho con los escombros que volcaban los camiones procedentes de las muchas obras de Madrid, estaba situado cerca de la calle Méndez Álvaro, lo que hoy es el parque Tierno Galván. En el año de 1974 todavía se estaba construyendo la M30. Se podía caminar por los tramos que se comenzaban a asfaltar. Uno de ellos cruzaba el Puente de los Tres Ojos, hecho de fábrica de ladrillo, por donde se entraba desde el barrio de Vallecas. A uno de los lados del puente se asentaba un campamento de gitanos, donde, al anochecer, campaban por sus respetos ratas enormes.
Era el final del verano, en el mes de septiembre. Tenía 18 años. Acababa de terminar COU tras examinarme y aprobar  la asignatura que me había quedado en junio, Filosofía, después de haberme llevado el libro para estudiar en los dos meses de vacaciones que había pasado en Memphis, en casa de mi hermana.
Había oído que en el cerro de la Plata, había putas. En esos tiempos no abundaban como ocurre hoy día, Franco acababa de retomar el poder después de habérselo cedido al Príncipe por una enfermedad, la tromboflebitis. Las putas de los clubes de alterne de la calle de la Ballesta detrás de la Gran Vía estaban fuera de mis alcances económicos.
Esa anochecida me dirigí por la calle de subía detrás de la fábrica de colchones Flex y que surgía en el margen derecho al final de la de Méndez Álvaro. La calle desembocaba, en su parte alta, en la amplísima extensión de la escombrera. Había una casa justo a la entrada en la que se escuchaban las conversaciones de sus habitantes al pasar cerca de sus ventanas. Caminé por uno de los caminos que se habían creado entre los escombros. Escuché unas voces muy leves y distinguí unas sombras un poco a la izquierda, y unos puntos rojos que surgían de vez en cuando en la oscuridad, al aspirar esas sombras el humo de los cigarrillos.
Llegué al grupo y saludé. Un poco más alejadas se distinguían dos sombras más, siluetas de mujer, deduje quienes eran y me acerqué hacia ellas, elegí en la distancia, y pregunté a la elegida cuánto cobraba, no recuerdo la tarifa de entonces, poco sería; acepté y la puta se dio la vuelta y la seguí, hasta llegar a un hueco entre los escombros donde tenía colocadas unas mantas sobre un viejo colchón de goma espuma, se subió la falda y se tumbó boca arriba con la piernas abiertas. Mis ojos, con las pupilas bien abiertas por la poca luz, distinguieron la sobra oscura de su pubis, eso me animó y desabroché mis pantalones; con la polla ya fuera de su alojamiento, la puta me pregunto: “¿no me pagas..?” No sabía que se hacía así, esa noche aprendí que en los tratos con las putas primero se paga y después se folla.
Y la follé, sentí un placer como nunca había sentido; un agradable calor acogió mi polla durante un par de minutos, no más. Era mi primera vez y, como tantos otros hombres antes que yo, me desvirgué con una puta. En un ambiente muy sórdido. A partir de esa noche me aficioné a esos ambientes. Los frecuenté, para esos asuntos y para otros parecidos.

martes, 19 de octubre de 2010

Soy bisex

La opción sexual de cada cual es algo muy intimo que por lo general no se va aireado a los cuatro vientos, por prudencia más que nada. Sin embargo, en este nuestro mundo del BDSM, al fin y al cabo un juego sexual muy particular, sí se suele hacer público, en algunos casos.
Observo que las mujeres que no son hetero no tienen pudor alguno informar de ello, ya sean bisex u homo. Sin embargo no ocurre lo mismo entre los varones. Tenemos, por regla general ese lastre que nos obliga, aquí y en cualquier otro sitio, a definirnos como machotes de lo más machotes a los que sólo nos gustan un buen par de tetas, grandes y hermosas y un culo cuanto más redondito y respingón mejor.
Sé por experiencia que muchos hombres buscan puntos de encuentro para relaciones homosexuales puntuales, rápidas y con desconocidos. Hay pubs, saunas, cines o sitios en la ciudad donde al oscurecer pululan sombras en busca de otra u otras sombras; y otros lugares más apartados, donde los encuentros se realizan a plena luz del día.  Y, también, a través de anuncios en páginas de contactos en internet  que sustituyeron paulatinamente a aquellos que se publicaban en el Segundamano de papel.
Pues bien, muchos de esos hombres son respetados padres de familia, amantes esposos, cansados de la monotonía matrimonial, o incomprendidos por su pareja a la que alguna vez insinuaron, tímidamente, ponerse, como juego previo amatorio, él las bragas de ella y asustados ante la airada reacción, de ella, se la enfundaron, guardaron su secreto en el rincón más profundo y comenzaron a comprarse bragas, sostenes, bodies, medias, ligueros, zapatos y pelucas, buceando en las secciones de lencería de El Corte Inglés, o en Ebay. Y guardaron su preciado tesoro, en la taquilla del trabajo, o en uno o varios maletines fuera del alcance de la vista de sus queridas esposas. Y buscaron otros hombres con gustos afines ante los que lucirse como una esplendorosa y seductora dama, que los tratan como a tal y las terminan follando o fallándolos "ellas", dependiendo de los gustos de cada cual.
Entiendo estas situaciones, en esos casos es imposible salir del armario. Pero no las entiendo dentro del grupo, casi cerrado, de usuarios del BDSM. ¿Es acaso un desprestigio para un Amo reconocer que aparte de azotar  y follar el culo de una sumisa también le gusta azotar y follarse el culo de un sumiso? ¿O sólo azotar, o solo follar..?
Me considero bisex, puesto que tengo relaciones sexuales con mujeres y con hombres. Siempre he dicho que me atraen las mujeres y no los hombres, aunque con el paso del tiempo he aprendido a apreciar ciertos valores atractivos en los hombres. Sin embargo mi papel sexual con ellos es el mismo que con las mujeres, digamos entonces, que busco la parte femenina de los hombres con quienes tengo sexo. Aborrezco acariciar una piel no depilada, y si la encuentro, trato de posar mis manos lo menos posible en ella. Me gustan los travestis en tanto que su imagen se aproxima, con mayor o menor éxito, a la de una mujer.
No lo publico, no lo digo a nadie fuera de este ambiente. Pero aquí y a todos los amigos de este ambiente que me conocen y me lo preguntan se lo digo: soy bisex.